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 En pos de los últimos vestigios de oxígeno

Los doce esclavos, enterrados vivos junto al cadáver de la cacica, se
precipitaron a las vasijas, para aspirar todo el oxígeno allí aprisionado.

 

Cuando el arqueólogo León G. Doyón y su equipo llegaron al fondo del pozo que constituía la tumba de la cacica de la Floresta, en los barrios San Vicente, San Lorenzo y Osorio, en Quito, se encontraron con que los esclavos sepultados vivos, para acompañar a la cacica, habían buscado en las vasijas de barro el último aire que les salvara de la asfixia.
Allí estaban, sus huesos junto a la boca de las vasijas, en un gesto dramático que bien puede alimentar todo un relato de reconstrucción de esos instantes últimos, previos a la muerte.
Esta aparece, entonces, como otra versión de la relación de la muerte con el barro trabajado por manos humanas.
El entierro encontrado en La Florida en los años ochenta, corresponde a un cacicazgo quiteño de fines y comienzos de la era cristiana.
El pozo que hacía de tumba, tenía la forma de una botella de vino con un cuello de algo más de un metro de diámetro y entre siete y 12 metros de profundidad.

La cacica de La Florida había sido enterrada con su compañero más cercano y doce esclavos, que cuando sintieron las paladas de tierra sobre sus cuerpos, debieron buscar el auxilio de las vasijas.
Tres tipos de vasijas se encontraron en la tumba de La Florida, dedicadas a guardar alimentos y bebidas para un largo viaje, componiendo un escenario que era, a la vez, hogar y tumba. Todas ellas llevaban decoraciones exteriores.
La riqueza del entierro de La Florida se expuso en 1988 en el Centro Artes de Quito. (JP)

A las once de la noche comenzó la música

El popular trago anizado Mallorca, marca Flores, ya estaba listo en Galápagos y Venezuela, centro de Quito, la fría noche del jueves 7 de enero Noviembre de 1950. La reunión fue convocada a las 19:00, y los anfitriones, Oswaldo Guayasamín y su esposa, Maruja, esperaban.
Y llegaron los escritores: Jorge Carrera Andrade, Jorge Enrique Adoum, Hugo Alemán, mientras el pintor Jaime Valencia comentaba la ausencia de Gonzalo Benítez Gómez y Luis Alberto (‘Potolo’) Valencia Córdova, quienes corformaban el dúo musical Benítez-Valencia.
A las 22:00, entre bromas y copas, empezó la música, aplaudida también por Lilian Robinson y Rolf Blomberg, periodista y fotógrafo sueco, quien miraba fijamente la aún fresca obra de Oswaldo Guayasamín, pintada hace pocas horas y que permanecía en la sala. Su título era Origen y mostraba una vasija de barro y dentro de ella unos infantes. Y Jorge Carrera Andrade, según Gonzalo Benítez, se acercó más y no vaciló en preguntar: “¡Qué significa! ¿Por qué, Oswaldo, pintaste eso?”.
La respuesta fue inmediata. Le dijeron que los Incas hacían un ritual para enterrar a sus muertos ya descarnados: los huesos eran colocados en una vasija, el lugar que creían perfecto para vivir eternamente.
Sorprendido y sin palabras, recuerda Adoum, Jorge Carrera ingresó a la biblioteca y tomó un libro al azar. Regresó a la sala con el blanco y sencillo tomo I de En busca del Tiempo Perdido (Por el Camino de Swann), escrito por Marcel Proust. Y en las páginas finales, con un impulso que aún nadie explica, escribió con su pluma: “Yo quiero que a mí me entierren/como a mis antepasados/en el vientre oscuro y fresco/de una vasija de barro/.
Y el libro se lo dio de inmediato a la persona que estaba a su derecha, Lilian Robinson, para que continuara con el poema. Ella, sin embargo, “como si le quemara en las manos”, se lo entregó al escritor Hugo Alemán, quien hizo lo suyo: “Cuando la vida se pierda/tras una cortina de años /vivirán a flor de tiempos/amores y desengaños/”.
Era el turno de un pintor, Jaime Valencia, quien, dice Gonzalo Benítez, no vaciló: “Arcilla cocida y dura/alma de verdes collados/barro y sangre de mis hombres/sol de mis antepasados/.
Los minutos transcurrían y faltaba llenar la página. Jorge Enrique Adoum lo hizo: “De ti nací y a ti vuelvo,/arcilla, vaso de barro/con mi muerte yazgo en ti,/en tu polvo enamorado/.
Silencio. Nadie sabía qué decir, hasta que Adoum realizó las últimas correcciones literarias. A la construcción poética solo le faltaba un nombre. Discutieron ‘Hombre de Barro’ o ‘de Arcilla’, pero la historia ya parecía escrita.
Vasija de Barro, Vasija de Barro, Vasija de Barro. La emoción se acrecentaba y había otro pretexto para servir más Mallorca y brindar.
“Jorge Carrera me dijo: ¡Esto con música tiene que ser una belleza! Y, entonces, me puso en compromiso”, afirma Gonzalo Benítez, quinto de seis hermanos, oriundo de Otavalo, de 85 años de edad y autor y compositor de más de 30 canciones.
El dúo Benítez-Valencia debía hacer su trabajo. Una esquina de la vivienda fue suficiente. “A ‘Potolo’ no le gustó mucho el ritmo de danzante, que es pausado. El quería un aire más alegre, más vivo y no tan candencioso. Hasta que lo convencí que el danzante es lo más telúrico que tiene el país, lo más autóctono. Y cantamos, y cantamos. No sé que horas eran, pero todos se avivaron más al escuchar la creación de una noche inesperada. Creo ya era de madrugada y la diversión continuaba”.
Jorge Carrera utilizó la segunda hoja del libro y dedicó el poema-canción a Oswaldo, “en esta noche, en este doble aniversario que dijo Neruda”. Y debajo, en orden, firmaron los autores. Al final, Benítez también dibujó un pentagrama, con los cuatro primeros compases.
Probablemente el sol del 8 de noviembre de 1950 salió mientras todavía se tarareaba Vasija de Barro; sin embargo, tuvieron que transcurrir seis años para que se grabara la canción, aunque en las reuniones se la cantaba, al igual que en las radios donde el dúo Benítez-Valencia realizaba audiciones.
Una tarde de 1976 (deberia ser 1956?), luego de la muerte (1970) de ‘Potolo’, Gonzalo Benítez acudió hasta la avenida Colón, pues Gustavo Muller lo había contratado para hacer un disco. “Ya lo habíamos grabado, pero nos faltaba solo una canción, la décima. Las nueve eran pasillos, de los más populares y que gustaban al público. Pasó un mes y nada, hasta que le propuse Vasija de Barro, pero la rechazó porque supuestamente no podía tener éxito. Y yo, molestísimo me propuse convencerlo, como sea”.
Y Gonzalo Benítez lo hizo. “La curiosidad me mataba y acudí, por tarde, a la fábrica el mismo día que terminaron de prensar. Había una bulla y un trabajador me dijo: ‘Ya salió. A las 08:00 mandamos al almacén a vender los 500 y al mediodía no había ni uno’. Apurados y atónitos, hicieron 500 más. Y pensar que no lo querían grabar. Aún disfruto tocándola. ¡Es que sí tengo fuerzas! Y no sé cómo me enterrarán. ¿Como los antepasados? Bueno, es cuestión de ustedes; pero siempre amaré la música y recordaré el sabor del Mallorca”. (APM).

 

Tomado de http://www.hoy.com.ec/suplemen/blan107/negro1.htm

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